El Athletic se pelea con la lógica y con sus propios errores

Publicado el 21 abril, 2013 en Juego de cabeza.

Por: Juan Carlos Latxaga

La aportación de Iraola al ataque fue enorme y de sus botas salió el centro que Llorente cabeceó a la red. Foto MITXI

La aportación de Iraola al ataque fue enorme y de sus botas salió el centro que Llorente cabeceó a la red. Foto MITXI

Más de una docena de llegadas hasta la cocina, un dominio territorial abrumador, un manejo de la pelota brillante a ratos, un rival protegiéndose y rezando para quedarse como estaba antes del partido, todo eso y bastante más para acabar arañando un miserable punto tras sufrir en inferioridad los últimos minutos. Ese es el balance en Riazor de un Athletic que desafió las leyes del fútbol, encontró en sí mismo a su peor enemigo y volvió a fallar lo que no está en los escritos. Lo de este equipo no es falta de pegada, es falta de sentido común, ausencia de juicio y de criterio, empeño en elegir siempre la peor opción cuando todo el mundo menos quien en ese momento tiene el balón, sabe cuál es la buena.

El Athletic se dejó dos puntos en Riazor, pero el empate es incluso suficiente para seguir manteniendo una considerable distancia de seguridad con una jornada menos para el final. La victoria hubiera cerrado prácticamente la temporada, pero en algún sitio está escrito que este equipo no está hecho para hacer lo que se espera que haga un equipo normal, un equipo que atiende mínimamente a la lógica futbolística, esa que dice que si tú llegas doce veces y el rival ninguna, tú tienes que ganar sí o sí o, cuando menos, tienes seguro el cero en tu portería.

Pues el Athletic se empeñó en decir que no. Y duele porque el fútbol desplegado por los rojiblancos mereció incluso mucho más que una simple victoria. Incluso con un promedio de acierto medio tirando a bajo, la superioridad de los de Bielsa debió traducirse en un triunfo holgado, en una goleada cómoda antes incluso del descanso. Lo que ocurrió no tiene una explicación lógica, incluso en un año como éste en el que el Athletic se ha empeñado en pelearse con la razón.

Se esperaba un partido caliente en Coruña, donde esperaban un Depor lanzado y una afición local eufórica. Era una prueba de fuego para el carácter ciclotímico de los rojiblancos y estos respondieron de la mejor de las maneras, con personalidad y con gran fútbol. Al Depor y a su afición el entusiasmo les duró los primeros cinco minutos, el tiempo que tardó el Athletic en asentarse en el terreno de  juego. Un centro de Muniain que Herrera no acertó a dejar de cabeza a Susaeta en el área pequeña de Aranzubia fue la señal. A partir de esa jugada creció el Athletic y el Depor empezó a achicarse hasta quedarse a vivir en su propia área.

Iraola, Susaeta y De Marcos construyeron en la banda derecha un triángulo infernal que destrozó la defensa rival sin que nadie del Depor acertara a poner remedio. Por momentos pareció que los tres estaban ensayando en Lezama frente a una defensa formada por conos, o por esos muñecos hinchables que les acompañan en las prácticas. Una y otra vez la misma jugada: penetración de Iraola, pared con De Marcos, amago y pase en profundidad para Susaeta o para el lateral. Sólo cambiaba el orden en el que intervenían los protagonistas. Jugadas de tiralíneas, de aquellas que tanto abundaban el año pasado, que acababan en una posición de centro fácil, de pase atrás de libro… que siempre fallaba el encargado de ejecutarlo.

Esa falta de acierto en el último pase de la que tanto se ha quejado Bielsa a lo largo de la temporada, alcanzó en Riazor su máxima expresión. Resulta increíble que el mismo futbolista que un instante antes se ha desmarcado con tanta inteligencia, que el mismo que ha colocado el balón a la espalda del rival con tanta precisión y sutileza, falle tan lamentablemente cuando solo le queda lo más fácil, elegir al compañero mejor colocado y darle el balón para que lo enchufe. Más de una docena de veces repitieron suerte los rojiblancos con idéntico resultado. El último pase se quedaba unas veces corto, otras, largo, se estrellaba en el cuerpo de algún rival, o iba exactamente al único sitio al que el compañero desmarcado no podía llegar.

Todos los demonios interiores del Athletic salieron a pasear cuando en el minuto 37 Bruno Garma cazó el zapatazo que batió a Iraizoz después de robarle el balón a Susaeta. Ocho llegadas claras del Athletic hasta las mismas narices de Aranzubia no habían servido de nada. Un balón suelto que en principio no tenía peligro alguno, acabó en la red de Iraizoz. Ver para creer. Seis minutos después, Llorente cabeceó picado lejos del alcance el portero del Depor el único centro que le llegó con una mínima ventaja, un balón que puso Iraola directamente en el área sin pasar por el trámite de las paredes, los pases y los repases. El gol no hacía justicia a lo que había pasado, pero al menos evitaba que el Athletic se retirara al vestuario con la cara pintada.

Marcó Llorente, que hizo temblar a los dos centrales del Depor durante todo el partido, porque Bielsa, sorprendiendo a propios y extraños, había decidido situarle en el equipo titular. No lo hizo mal el delantero de la Juventus, porque su sola presencia condicionó el sistema defensivo de los gallegos, que ya estaba lastrado de salida por la ausencia de Marchena. Le faltó lo que le ha faltado casi siempre a lo largo de su carrera, instinto de matador para llevar a la red balones que no puede desperdiciar un delantero que se precie de serlo.

Al Athletic le faltó precisión, pero también equilibrio en su juego, totalmente escorado a la derecha por la aportación de Iraola desde atrás y el buen partido de De Marcos y Susaeta. Hubiera agradecido el equipo un Herrera más inspirado y, sobre todo, más rápido en la ejecución, para percutir por el centro, o para distribuir más balones a un Muniain intermitente. Una mayor variedad en el juego hubiera facilitado otras opciones distintas a la penetración y centro desde la derecha y hubiera acabado por destrozar a un Depor que ni siquiera fue capaz de acertar a taponar el boquete que tenía en su costado izquierdo, ni siquiera cuando Assunçao salió a echar una mano en el lugar del desaparecido Valerón, un cambio que desvelaba los miedos de Vázquez.

Hay que agradecer a los rojiblancos su persistencia y la fe con la que sostuvieron sus posibilidades mientras les dejó un árbitro que no tuvo el mismo criterio a la hora de mostrar las tarjetas y que acabó expulsando a Iturraspe por una acción que no fue ni falte, cuando solo quedaban diez minutos y todo el campo esperaba el arreón final de un Athletic que buscaba una victoria a la que se había hecho acreedor.

No colaboró Pérez Montero, pero tampoco el equipo encontró ayuda en el banquillo. Bielsa no acertó con la gestión del partido en esos últimos y decisivos minutos. Con Susaeta, Herrera e Iturraspe amonestados, el técnico optó por un doble cambio, Aduriz e Ibai por Llorente y Muniain a falta de veinte minutos. Llorente acababa de estrellar un balón en el poste, en la ocasión más clara del partido,  y no estaba dando especiales muestras de cansancio. Al contrario, seguía preocupando, y ocupando, mucho a los centrales locales en particular y a todo el Depor en general, que parecía más contento con el empate a medida que pasaban los minutos. Bielsa gastó dos cartuchos en ese doble cambio y se quedó sin margen de maniobra cuando el árbitro expulsó a Iturraspe. La entrada de San José por Aduriz casi en el tiempo de prolongación no tiene más recorrido que el de la mera anécdota, pero retrata una gestión previa que se desveló demasiado arriesgada. El que toma las decisiones es el que se equivoca y en descargo del técnico de Rosario cabe señalar que su apuesta inicial por Llorente dio sus frutos y que algo tendría que ver su trabajo previo y el dibujo del equipo, en el gran partido que firmó el Athletic entre el minuto 5 y el 80. La angustia de los últimos instantes, con un hombre menos, tuvo más que ver con el miedo a que se consumara la catástrofe de la derrota, que con las opciones reales que pudo tener el Depor, ninguna porque tanto Gurpegi y Ekiza, perfectos todo el partido, como Aurtenetxe e Iraola, redoblaron su firmeza cuando más falta le hizo al equipo.