Cierras los ojos, escuchas el punteo de una guitarra en un bolero y es lo más parecido que puedes encontrar al juego de Manolo Sarabia. Se decía de la guitarra en un bolero que era el terciopelo para el sillón de la voz. Pues eso era Manolo Sarabia, con su cuerpo de aspecto desgalichado, debilucho parecía, con aquellas piernas largas y un tranco suave que se movía por el campo como sin prisa pero sabiendo siempre a dónde ir. El final en el fútbol siempre es el gol, pero en el caso de Sarabia (el cigüeño le decían algunos en la tribuna) había que aplicarle la filosofía del buen montañero que dice que lo importante no es la meta sino el camino.

Porque cuando Sarabia cogía el balón soñabas por el gol, pero disfrutabas con el dribling, con el quiebro, el requiebro y el diapasón que le ponía a cada encuentro con los rivales. No, defender no defendía mucho, porque también seguía el dictado cubano de no dar un paso atrás ni para tomar impulso. Pero ¿qué más daba? Otros había que hacían ese trabajo maravillosamente bien y le permitía a Manolo (entonces le decían Manolo más que Manu) iniciar su repertorio de boleros que convertían San Mamés en otro teatro de los sueños. Hasta cojo, roto, lesionado en una prórroga copera, le hemos visto marcar (¿o no marcó?, ¡qué más da!) de cabeza a la salida de un córner. Si a los guitarristas les duelen los dedos tras un largo concierto, a Manolo le dolían aquel día las piernas y diría yo que las bolas (ahora gemelos) ya no le cabían en su alargada osamenta.

vía El bolero de Manuel – GARA.