Varias camisetas rojiblancas cuelgan en los tendederos de las ventanas de Arrigorriaga, un pueblo que está a diez minutos de Bilbao. Es sábado, es día de partido y todo el mundo se prepara para la cita en San Mamés. El día antes, por la tarde, un hombre responde al móvil por cuarta vez para decir que no quiere dejar ni alquilar su carnet para el partido. Por la mañana se había colgado el cartel de no hay entradas en las taquillas de ‘La Catedral’ pese a lo inusual de la hora y el rival; pues el Athletic Club jugaba a las cuatro de la tarde ante el colista. Todo el mundo está loco por ir a San Mamés. Es el penúltimo partido oficial que se juega allí –el campo nuevo ya está casi construido y el viejo se derribará al finalizar la temporada– y los leones no tienen asegurada la salvación; es un choque clave.

Una hora antes del encuentro los aledaños del estadio están abarrotados de hinchas que se acercan a su templo. En las taquillas sigue inmutable el cartel que anuncia que no quedan localidades, pero aun así se forma una cola con más de doscientas personas que albergan la esperanza de que en cualquier momento se asome alguien por la ventanilla. Otros buscan su suerte en la reventa; se sitúan en la zona habitual, pero no hay nada que hacer. Nadie quiere perderse el partido.

vía San Mamés, el adiós a cien años de recuerdos y pasión.