Debo reconocer que me esperaba algo distinto del último partido de Liga de San Mamés. A nivel deportivo y ambiental. Confiaba de manera ciega en la victoria del Athletic frente al devaluado Levante y esperaba armonía en las gradas.

Increíble, por malo, el fútbol del equipo de Bielsa. Chiquillada, una más, de Muniain. Gol a la contra en casa, para variar, y derrota.

Visto lo visto a ras de césped, resulta complicado afirmar que ciertos episodios vividos a nivel de graderíos resultaron más penosos todavía. Pero así fue. El espíritu de La Catedral, al menos el que yo conocí hace ya algunos años, no tiene nada que ver con pedir la dimisión del presidente ni con pitar a un jugador del Athletic antes incluso de saltar al césped.

Interesa, eso sí, no confundir la parte con el todo. Lo que una minoría propone, poco o nada tiene que ver con lo que gusta o disgusta a la mayoría silenciosa. Simple educación.

Si en las gradas hubiesen resonado los gritos de Athletic, Athletic, Athletic que se escucharon durante los 100 segundos de aplausos a La Catedral; la victoria no se hubiese escapado. Ni ayer ni nunca. La unión y comunión de San Mamés es demasiado para cualquier rival.

Interesaron más otras cuestiones y así le fue al equipo. Equipo que, insisto, volvió a perder como local. Siete de 19.

Obviamente, la afición del Athletic está dividida en torno al tema del banquillo. Bielsa sí, Bielsa no. Urrutia va a consultar a su directiva, Amorrortu y Larrazabal para luego actuar en conciencia.

No se sabe quién será el míster la próxima campaña, pero la división es un hecho

vía Un ambiente enrarecido.