San Mamés era una parte de mi vida, que empezó con 20 años, la primera vez que jugué en La Catedral, y ya entonces te das cuenta del misticismo que ofrece. Con ese apodo que tiene ya suena como algo sobrio. Esa primera vez fue con el Atlético de Madrid y todo me llamó la atención: las casetas, los accesos al terreno de juego, ya que cada equipo salía entonces por una banda, por la zona norte lo hacía el Athletic y por el lado contrario, el equipo visitante. Era todo diferente a lo que estaba acostumbrado, sobre todo porque venía de jugar con el Real Unión. Tanto en mi época de jugador como de técnico, siempre he tenido ese respeto a lo que representaba San Mamés.

Como jugador del Athletic notas más el sentir del público. Tenía un halo diferenciador respecto a otros estadios. No tenía ningún ritual en concreto. Recuerdo mi primer partido como león ante el Sevilla en San Mamés. Había llegado el martes y ya jugué el partido. Lo hice como interior. Conseguimos ganar 4-1 y Dani marcó todos los goles. A partir de aquel debut, he vivido un montón de alegrías, más que sombras.

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