[Hay una parte oral en el fútbol que resulta decisiva como hilo conductor de entusiasmo entre las sucesivas generaciones. Antes que la afición está la palabra de un padre, de un hermano, de todos aquellos que nos revelaron los primeros secretos de este juego y de lo que después significa: un sentimiento invencible que condensa una parte considerable de nuestra vida, quizá de una manera más poderosa de lo conveniente. Nuestros humores y esperanzas, nuestra infancia, los mitos, lagunas pequeñas mezquindades, la aprensión, un leve sectarismo y también la grandeza de ciertas emociones… todo eso está contenido en la pasión por el fútbol y especialmente por nuestro equipo: el Athletic. Si algo favorece la relación sentimental con el equipo es la distancia, tal y como le ha sucedido a Manu Leguineche. Estas conversaciones que siguen son idea suya: tres periodistas vizcaínos, afincados en Madrid -aunque en el caso de Manu resulte más fácil ubicarle en los lugares más temibles del planeta- y vinculados sin remedio al Athletic. Los tres pertenecemos a generaciones diferentes, sucesivas en este caso, con el trasunto futbolístico que eso tiene. Cada uno guarda una memoria del Athletic, y a Manu le parece que este momento -el centenario del club- es estupendo para hablar de nuestro equipo y de lo que significa para los tres.
En su casa de Madrid, frente al Campo de Vallehermoso, entre los anaqueles desbordantes de libros, Manu dispone una mesa para conversar. Perfecto, sentémonos y hablemos]. Santiago Segurola. Como ocurre en los equipos de fútbol, me parece que es conveniente designar ciertos papeles en la conversación. Puesto que soy el más joven, debo de ser respetuoso con las jerarquías, así que me pongo la camiseta del hermano pequeño. Vosotros dos habéis tenido una experiencia más antigua en esto de vivir el Athletic desde lejos: tú, Patxo, en el exilio, y Manu, de reportero por el mundo. Tú, Manu, tuviste una experiencia surrelaista en las horas previas al comienzo del bombardeo de Bagdad. Manuel Leguineche. Sin embargo, vosotros dos sois más racionalistas que yo, que tengo el terrible defecto de ser sentimental, por lo que si llenamos de sentimentalismo esto y no le damos un toque de humor, el libro lo queman en la hoguera en el auto de fe, ya mismo. S.S. Empecemos entonces con un acto de fe demencial en el Athletic. M.L. Ah, el Athletic, el cromosoma del Athletic, que dicen que marca para toda la vida. El puente de San Antón, el árbol de Gernika y los dos leones. Lo queremos como pasión y como mito. Como todos los mitos, también el Athletic está fundado en la realidad, se explica y nos libera a través de una fábula única en su género. Como escribe el sociólogo francés Barthes del Tour de Francia: \”nos ofrece una imagen utópica del mundo\”. pero vayamos a lo de Irak. S.S. Bagdad, verano de 1991… M.L. Me he pasado años en guerras, tifones, terremotos, golpes de Estado, manipulando la radio de onda corta para saber lo que había hecho el Athletic. El episodio que dicen ocurrió en el hotel Meliá Mansur de Bagdad, la capital de Irak, un par de días antes del comienzo de la Tormenta del Desierto. De ese mismo hotel me expulsaron años antes del comienzo de la guerra Irak-Irán. Un energúmeno entró en mi habitación sin llamar y me sacó a punta de pistola. Era un hotel que había sido español, donde la carta de vinos incluía varios riojas de primera, que como es natural habían desaparecido de la bodega. Cuando empezó el bombardeo aquel de la CNN nos encontrábamos en el refugio. Entonces aparecieron unos sudaneses, camareros vestidos de etiqueta, con su pajarita y todo y con unas bandejas en las que ofrecían pastas y naranjadas. Creo que es la primera vez en la historia de un refugio y una guerra en que han servido copas. En fin, que horas antes del bombardeo llamaron a la puerta de mi habitación en el Mansur Meliá. El teléfono no dejaba de sonar. Llamaban amigos, familiares, conocidos como despidiéndose de uno. Daban por sentado que el bombardeo era inminente y que quedaríamos sepultados bajo las bombas de Estados Unidos. Abrí la puerta y me encontré con unos chicos jóvenes. \”Hola, Manu\”, dijeron, \”somos paisanos tuyos, de Bilbao\”. No tenían pinta de periodistas, de modo que les pregunté cual era el motivo de su visita. \”Formamos un conjunto musical, respondieron, y hemos venido a ponerle al presidente de Irak, Sadam Husein, la camiseta del Athletic”. S.S. No me parece el mejor momento… M.L. No lo creo, pero este gesto viene a demostrar la afición, el desprecio del riesgo y la determinación de los apasionados forofos del Athletic: a Bagdad en vísperas de la guerra, para investir a Sadam con la camiseta del Athletic. El grupo se hacía llamar “italiano y musical”. Me preguntaron cuál era la situación, las posibilidades que tendrían de enfundarle la camiseta roja y blanca a Sadam Husein. “No os oculto que pocas, muy pocas. La guerra va a estallar de un momento a otro y no creo que Sadam esté como para ponerse la camiseta de Panizo, de Gainza o de Julen. Más bien se habrá puesto el chaleco antibalas. está revistando a las tropas en el frente sur. A partir de aquí, cualquiera sabe dónde se esconderá. Duerme cada día en cama distinta, se disfraza de beduino, de pastor, de odalisca. Se hace probar la comida por los cocineros, se lleva sus propios sillones pare evitar que le pongan un pincho envenenado en el culo, ha distribuido dobles por todas partes, a Luis Mariñas (el periodista) le hicieron lavarse las manos varias veces. Antes de pasar a la entrevista con Sadam, tuvo que dejar fuera del arco de metales lo que llevaba encima: tabaco, mechero, llaves…” Para animarles les dije que me parecía genial de que le pusieran a Sadam la camisola del Athletic. A ver, qué les iba a decir a los pobres. S.S. O sea, que el presidente de Irak, el enemigo público número uno del mundo civilizado, se quedó sin vestir nuestros colores. M.L. Así fue. Hasta la vida es un partido desigual. Pero la cosa no terminó ahí, porque esa misma noche tuve un sueño. El presidente Sadam Husein se me apareció en un bunker. Le rodeaban los chicos del conjunto musical bilbaíno. Vi cómo el dictador de Bagdad se quitaba la guerrera, el pardo jersey, la kefia, el pañuelo beduino que cubría su cabeza, y con toda solemnidad se ponía la camiseta roja y blanca. El solista del grupo le decía al ayudarle: “Señor presidente, tenemos el honor de vestirle con la camiseta del mejor equipo del planeta. Sólo aceptamos jugadores de la tierra. Caso único en el fútbol mundial”.Y le recitaba la lista de los mejores jugadores de la historia del club: Pichichi, Txirri II, Blasco, Iraragorri, Gorostiza, Zarra, Gaínza, Sarabia, Julen Gerrero… Y en ese momento empezaba la III Guerra Mundial, con Sadam vestido de Panizo. Esto demuestra el grado de entrega de los hinchas athléticos. Tantas veces habré soñado que me daban la oportunidad de enmendar el fallo de algún delantero nuestro. Iba yo, sereno y sólo ante el peligro, y marcaba. Desde la distancia S.S. Tú contabas, Patxo, en un artículo de El País, una anécdota que tiene mucho que ver con ese sentimiento que levanta el Athletic en la gente: lo de los jesuitas de el Salvador… Patxo Unzueta. Sí, pero antes déjame decir, respecto a lo que ha contado Manu, que la camiseta trae el recuerdo de la novela de Luis de Castresana, El otro árbol de Guernica, de lo que él cuenta de los niños de la guerra refugiados en Bélgica, que tenían una única camiseta del Athletic, y de cómo se iban turnando poniéndosela uno cada día (véase Documento nº1). Me parece una de las imágenes más emocionantes porque, habiendo pasado por el destierro, estoy convencido de que del amor a la tierra y las cosas de la tierra sólo se toma conciencia plena desde la distancia. Una manifestación de esa relación con el Athletic en las situaciones más inverosímiles es lo que ha recordado Santi de los jesuitas de El Salvador. A mí me lo contó Rafa Aguirre, el decano de la Facultad de Teología de Deusto. Parece ser que el día que se había celebrado el funeral por monseñor Óscar Arnulfo Romero, asesinado unos días antes por la extrema derecha, y con el ejército disparando, un grupo de los asistentes, entre los que estaban los teólogos Jon Sobrino e Ignacio Ellacuría -al que también asesinarían unos años después-, se había refugiado en el campanario. Tenía un pequeño transistor y en un momento dado Sobrino, que estaba buscando emisoras, grita: “No todo está perdido, acaba de marcar Noriega”. Mientras silbaban las balas. Supongo que se refería al gol de Noriega en Mestalla, en la penúltima jornada de la Liga de la temporada 1983-84. Estábamos empatados a puntos con el Madrid, y era imprescindible ganar en Valencia para seguir aspirando al título. Marcó Dani, pero enseguida empató García Pitarch, lo que colocaba al Madrid en cabeza. Pero casi al final del partido Noriega marcó de cabeza el 1-2. Los teólogos de la liberación cantaban el gol del Athletic en medio del tiroteo. S.S. La camiseta y la distancia están unidas. Has hablado de la camiseta, de lo que representaba el Athletic en el libro de Castresana. Recuerdo lo que representó para mí uno de los mayores triunfos en la infancia. Nací en Baracaldo, mi padre era de origen guipuzcoano, pero hincha fanático del Athletic. Como bien sabéis, Baracaldo es un pueblo de aluvión. En mi barrio había gente de todas las regiones: santanderinos, andaluces, castellanos, y uno, Manolín, que era gallego, de Mellid, hincha irredento del Madrid. Por cierto, jugaba al fútbol con mucha propiedad. Con siete u ocho años, mi regalo soñado era conseguir la camiseta del Athletic y el pantalón negro. Naturalmente, él quería tener la camiseta de Amancio. Llegué a pensar que Amancio era de su pueblo, porque lo tenía muy sublimado. Creo que era el año en el que descubres que los reyes magos son los padres. Empecé a visitar las tiendas de regalos en una de ellas estaban todas las camisetas de los equipos, pero faltaba la del Madrid, que era la que quería comprar mi amigo. Entonces iniciamos una discusión enorme, durante una hora. Yo intentaba convencerle de que, a pesar de su afición por el Madrid, no había nada más adecuado, ni mejor, que comprar la camiseta del Athletic. Lo conseguí. Se llevó la rojiblanca, aunque debo decir que nunca le vi muy satisfecho de su capitulación, pero el caso es que de ahí salimos los dos con nuestra camiseta del Athletic y el pantalón negro. Nunca se la vi puesta, pero fue una experiencia… esa sensación de absoluta felicidad que tiene uno cuando consigue vencer la resistencia del otro en el más difícil de los terrenos. O sea, en el fútbol. Por razones que pueden parecer inexplicables, lo tengo como algo memorable de la infancia, aunque casi todo lo mejor de ella está relacionado con el Athletic. Es algo que va más allá de cualquier otra cuestión. Para mí, la camiseta de Iribar, el arco de San Mamés cuando lo veía aparecer desde la carretera de Zorroza, todas esas cosas representaban la gran referencia de mi infancia y de Bilbao, una ciudad que yo veía como un lugar grande y desconocido: mi Nueva York particular. El Athletic y todo lo que representa es la infancia y, sin duda, el mejor momento de mi vida. No sé si vuestras primeras vivencias del Athletic tienen la misma significación mágica que para mí. P.U. Yo nací en 1945, y la frontera de mi memoria futbolística se sitúa a comienzos de los cincuenta. No tengo recuerdo directo, sino adquirido mucho después, por ejemplo, de la final de 1950, contra el Valladolid, con los cuatro goles de Zarra, tres de ellos en la prórroga. De después, ya sí, pero esa final, todavía no. Y del Mundial de Río, tampoco. Pero por ahí pasa la frontera: entre 1950 y 1952, que ya sí recuerdo. M.L. El bautismo athlético se lo debemos al padre, a un tío, a un hermano mayor. Mi padre estaba marcado por el cromosoma Athletic. Era un hombre de gran temperamento. Noté, yo era muy niño, que algunos domingos llegaba a casa de un humor de perros, enfurruñado, intratable. Otros, lleno de bondad y cariño. ¿Cuál era el secreto de esos cambios de humor? Muy sencillo, el Athletic, su Athletic, que pronto será el mío, había perdido o ganado. Lo descubrí pronto, y pronto me llevó a San Mamés. La patria es la infancia y la patria termina siendo el Athletic. Recuerdo aquella frase que pronunció en la guerra de Vietnam un amigo nuestro: “No hemos tenido infancias felices, pero hemos tenido Vietnam”. La guerra era Disneylandia para él. Quizá no tuvimos infancias felices pero tuvimos Athletic. Superamos el trago a base de libros, cine y Athletic. Hemos cambiado de señora, o nos ha cambiado ella, de periódico, de cepillo de dientes, de partido, de amigo, de coche, de marca de whisky, de desodorante, pero no de Athletic. El primer partido S.S. ¿Recordáis cuál fue el primer partido que visteis en San Mamés? M.L. Lo tengo en la nebulosa. Debió ser allá por el 48 o el 49, no recuerdo el equipo. No sé si lo he soñado, pero como espectador debuté con suerte, un 2-0 a nuestro favor. Lo que sí se me quedó grabado a fuego fue la emoción de penetrar en el templo de la tribu, en San Mamés. Iba lleno de alegría porque a partir de esa tarde se me admitía en la cofradía, en la congregación. Lo que sí recuerdo con claridad fueron los partidos de eliminatoria europea contra el Oporto, el Honved y el Manchester, éste en día de intensa nevada, cargados de tensión y de leña en el campo. Nos descabalgó el Manchester United. Y también recuerdo los viajes a los campos limítrofes para acompañar a mi padre. Casi nunca quedaban entradas me quedaba fuera. Allí estaba yo aparcado en el coche en la proximidad del estadio. A veces el cronista Joma, que llegó a jugar como portero en el Plencia, nos sacaba del apuro. Fue él quien evitó que las tropas de Franco, de las que formó parte, acamparan en San Mamés. Por lo general me quedaba en el coche, desolado, oyendo desde fuera los rugidos y los humores del estadio. Íbamos a Pamplona, a Zaragoza, a Santander. Me convertí en un experto en sonidos, en la interpretación de los aullidos de los espectadores. El silencio gélido presiagiaba gol del Athletic, anotaba las broncas al árbitro, etcétera. Menos mal que un día llegaron los transistores. Por cierto, parece que fue en Bilbao donde Puskas escuchó las noticias de la entrada de los tanques rusos en Budapest y donde decidió no volver a Hungría. Fue en octubre del 56, en un partido de la Copa de Europa contra el Athletic de Bilbao, que luego se hizo mítico porque fue sobre la nieve, como aquel otro contra el Manchester United. Algunos regresaron a Budapest, como Grosics, pero Puskas no lo hizo, y, después de jugar un partido de desempate, me parece que en Bruselas, el Honved se desintegró. El último equipo que se enfrentó al gran Honved fue el Athletic (váse Documento nº2). P.U. Pero ése ya era el Athletic de Daucik, y tú, que eres del 41, has tenido que ver a la generación anterior, la de Zarra y Gainza. M.L. De la famosa delantera recuerdo la clase de Iriondo, que es de mi pueblo, jugador fino, genio del contraataque, una ametralladora en cada pie; la fuerza y musculatura de Venancio, válido para todos los puestos; la acometividad de Zarra, el olfato del gol, la segunda cabeza de Europa después de Churchill, como escribió un periodista brasileño incapaz de comprender a aquella máquina de hacer goles que se llevaba el balón con las mangas y conseguía burlar la mirada de los árbitros. Zarra épico, el ariete de la furia, caballero, seis veces Pichichi, más de cuatrocientos partidos con su equipo, el hombre más limpio en el terreno de juego, que sólo fue expulsado una vez (Escartín era el árbitro) en la final de Copa con el Valencia, tras una agresión de Álvaro. Zarra, que era capaz de tirar balones fuera desde la boca de gol para que socorrieran a un rival caído. Y Gaínza, la astucia, la velocidad, el instinto del pase medido desde la banda inglesa a la cabeza de Zarra. Si miro en el espejo retrovisor de la historia athlética veré momentos estelares de los cinco grandes.