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Iñigo parece el típico visir sacado de un cuento de las mil y una noches. En su palacio de Tailandia recibe a embajadores de todo el mundo, pero, sobre todo, a athleticzales. Y como en la cueva de Alí Babá, tiene su propia contraseña. Un irrintzi es suficiente para que los criados atiendan al viajero como se merece.

El vídeo lo grabé hace tres años en su hotel de Tailandia. Ahora me acabo de enterar de que lo cierra para embarcarse en una nueva aventura. Pero el espíritu inicial de este post se mantiene íntegro, porque Iñigo tiene entrada para la final del próximo sábado. Y ese día, su grito se oirá hasta en Bangkok. Será un irrintzi meteórico que abrirá la puerta de otra cueva. La que ha permanecido cerrada durante más de treinta años.

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