Se acuerdan de los barquilleros de antes que recorrían las playas con sus cestas de barquillos y patatas fritas. Nunca entendí el negocio. Era como recorrer el desierto del Sahara ofreciendo polvorones a los sedientos. Pero está claro que tuvieron su público hasta que todos los arenales se llenaron de chiringuitos –también el de Pedrerol y sus Jugones, cómo no-…

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