Si mientras el Real Zaragoza bajaba de los cielos al Numancia a base de un discurso inobjetable y un fútbol camino de la madurez, un balón cualquiera, en una jugada cualquiera, se hubiera escapado de La Romareda, a la calle; un muchacho vitoriano con el alma de hierro se hubiera abierto la puerta 14 del estadio y hubiera salido tras ella, corriendo como un caballo testarudo y enérgico…

Origen: Heraldo.es