Los que tiran con bala contra Josu Urrutia y sus anodinas ruedas de prensa ya tienen una muesca más en la culata de su revólver. La comparecencia del presidente para presentar a Ernesto Valverde como nuevo entrenador era más previsible que los partes meteorológicos de esta primavera que se nos ha ido sin que nadie haya sabido si ha venido.

Habrá quien acuse al presidente de haber estado mareando la perdiz sin motivo durante dos semanas, y no le faltará razón, y habrá quien recuerde que el nombramiento de Valverde llega con dos años de retraso y, posiblemente, tampoco andará desencaminado en su análisis. Ya se sabe que últimamente las cosas de Ibaigane llegan con un halo de misterio que da mucho que hablar y poco que decir.

La elección de Valverde estaba cantada prácticamente desde que Urrutia anunció que no renovaría a Bielsa. Nadie se ha creído eso de que una vez acabado el periplo del argentino por decisión unánime de la directiva, los responsables del Athletic se sentaron a identificar por unanimidad el perfil del entrenador más adecuado para sustituirle; hubiera sido una irresponsabilidad de tal calibre, que hasta los más furibundos detractores de la actual junta la habían descartado por imposible. Cuando el presidente dijo que Bielsa no seguía, hubiera quedado mejor dando a continuación una pista sobre sus intenciones a los periodistas. Por ejemplo, si hubiera dicho: el próximo entrenador es uno cuyo nombre empieza por Val y acaba por verde. Se hubiera ahorrado tener que hacer el paripé de que se lo estaban pensando estas dos semanas y hubiera evitado rumores, especulaciones y maledicencias.

vía Valverde es consciente de la magnitud del reto al que se enfrenta.